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dimarts, 20 de juny de 2017

Lillian Hellman. 1905.


Herir a personas inocentes a las que conozco y quiero desde hace años para salvar mi vida, me parece inhumano, indecente y deshonroso.

Un 20 de junio nacía Lillian Hellman, en Nueva Orleans. Si en 1905 o 1906 importa poco. La familia importa más. Padre zapatero, judío. La mamá de buena familia venida a menos en casi todo menos en humos y ademanes. Buena parte de sus palabras escritas son un ajuste de cuentas con esa parte del árbol familiar, petulante fruta podrida. Para un ajuste de cuentas puedes armarte de palabras y parapetarte en tu escritorio o armarte con un fusil y parapetarte en lo alto de un tejado con vistas a la avenida principal.

En pleno proceso de separación de su marido, Arthur Koeber, agente teatral y periodista, llega a Hollywood y en un restaurante le presentan a Dashiell Hammett, que arrastra una borrachera de cinco días y que amplían codo a codo cinco días más. Siempre estarán juntos, a su manera, que Hammett es un redomado alcohólico mujeriego en camino sin retorno hacia la autodestrucción. Pero es también un tipo comprometido e íntegro, comunista, que al frente de la Liga de Escritores Americanos se enzarzará contra los verdaderos enemigos de la democracia y la infame sombra del senador Joseph McCarthy y su becario Richard Nixon.

Lillian Hellman también estará ahí, sin arrugarse, pagando un alto precio, perdiendo los privilegios conseguidos con obras como The little foxes (La loba) y sus alimañas sureñas o The children's hour (La calumnia) y esa repugnante niña que destroza a dos profesoras acusándolas de lesbianismo. Es ya una autora incómoda, vetada en varios estados, que se pone al lado de los humillados.

Colabora con la Liga Anti-Nazi y viene a España en 1937 en defensa de la II República, dejando el documental The spanish earth. No era el mejor pasaporte para los tiempos que se venían en Estados Unidos, esos que parecen que están cambiando pero siempre acaban volviendo.

No dejó de escribir hasta su muerte, en 1984, en Cape Code, la dignidad intacta, la que le permitió cruzar el valle de las sombras del macarthysmo para sumergirse en la lucha por los derechos civiles. Quizás su obra literaria, a diferencia de la de Hammett, al que cuidó en sus últimos días, no pasará a la posteridad con pátina de clásico, pero su compromiso, nunca rebajado, como el whiskey que trasegaba, vale para todos los tiempos.

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