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dijous, 29 de setembre de 2016

María Victoria Walsh. 1976.


El 28 de septiembre de 1976, María Victoria Walsh cumplía 26 años de vida intensa. Los celebraba en la clandestinidad. Desde el golpe de Estado militar llevaba una vida itinerante de escondite en escondite por la gran Buenos Aires, llevando con ella a su hija pequeña.

Vicki Walsh había trabajado en el diario 'La Opinión', donde había sido elegida delegada sindical. Enfrentada el director del diario, Jacobo Timerman, prefirió irse antes de que la echaran cuando empezó la caza de brujas en el rotativo y se despedía a los periodistas incómodos acusándolos de subversivos. A los 22 años ingresó en Montoneros y se fue a trabajar voluntaria a una villa miseria.

El 28 de septiembre de 1976 entra con su hija en brazos, no ha podido dejarla con nadie, en el número 105 de la calle Corro. La acompañan Alberto José Molinas Benuzzi, José Carlos Coronel, Ignacio José Bertrán e Ismael Salame.

A las 7 de la mañana del 29 de septiembre les comunican por altavoces que están rodeados. El coronel Roualdes comanda un operativo al frente de 150 soldados apoyados por un tanque i un helicóptero. Empieza el tiroteo. Vicki Walsh y Alberto José Molinas disparan desde la terraza con sus metralletas Halcón.

Tras aproximadamente hora y media de disparos, Vicki Walsh se levanta y se dirige a los militares con voz clara: 'Ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir'. Y acto seguido ella y Molinas se disparan un tiro en la sien. Cuando los soldados entran en la planta baja encuentran los cadáveres de Coronel, Bertrán y Salame y una niña de un año sentada en la cama.

Al conocer su muerte, el periodista Rodolfo Walsh, padre de Vicki, le escribe estas palabras a su hija:

'Querida Vicki.
La noticia de tu muerte me llegó hoy a las tres de la tarde. Estábamos en reunión... cuando empezaron a transmitir el comunicado. Escuché tu nombre, mal pronunciado, y tardé un segundo en asimilarlo. Maquinalmente empecé a santiguarme como cuando era chico. No terminé ese gesto. El mundo estuvo parado ese segundo. Después les dije a Mariana y a Pablo: -Era mi hija. Suspendí la reunión. Estoy aturdido. Muchas veces lo temía. Pensaba que era excesiva suerte, no ser golpeado, cuando tantos otros son golpeados.

Si, tuve miedo por vos, como vos tuviste miedo por mí, aunque no lo decíamos. Ahora el miedo es aflicción. Sé muy bien por qué cosas has vivido, combatido. Estoy orgulloso de esas cosas.

Me quisiste, te quise. El día que te mataron cumpliste 26 años. Los últimos fueron muy duros para vos. Me gustaría verte sonreír una vez más. No podré despedirme, vos sabés por qué.

Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria. Ahí te guardo, te acuno, te celebro y quizá te envidio, querida mía.

Hablé con tu mamá. Está orgullosa en su dolor, segura de haber entendido tu corta, dura, maravillosa vida.

Vicki pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser deshonrosos, pero el que eligió era el más justo, el más generoso, el más razonado. Su lúcida muerte es una síntesis de su corta, hermosa vida. No vivió para ella, vivió para otros, y esos otros son millones. Su muerte sí, su muerte fue gloriosamente suya, y en ese orgullo me afirmo y soy quien renace de ella. Esto es lo que quería decirle a mis amigos y lo que desearían que ellos transmitieran a otros por los medios que su bondad les dicte'.


El 25 de marzo de 1977, Rodolfo Walsh fue secuestrado, asesinado y desaparecido por el Grupo de Tareas 3.3.2 de la ESMA que dirigían Alfredo Astiz y Jorge Eduardo Acosta. Astiz y Acosta tuvieron solicitudes de detención y extradición por tortura, genocidio y terrorismo de Estado en varios países. En España, en 2003, José María Aznar ordenó parar el proceso de extradición.

dimarts, 27 de setembre de 2016

Carlos González Martínez. 1976.


27 de septiembre de 1976, hace 40 años. Actos en recuerdo por los últimos fusilados del franquismo y contra la pena de muerte. En mi pueblo hay misa por Juan Paredes Txiki. En mi pueblo fusilaron a Txiki. Bueno, fusilar es en este caso un eufemismo. Un año después mosén Puig, tío de Salvador Puig Antich, oficia la misa. La iglesia está a reventar y es seguida por mucha más gente desde la calle. 'Mira, hijo, -me dice mi padre- nunca verás tantos comunistas yendo a misa'.

Al acabar la ceremonia la Guardia Civil carga y disuelve. En esa época hay en mi pueblo una dotación de 10 jeeps y un centenar de guardias. Por si los obreros. Los asistentes a la misa se disuelven y se reagrupan para acabar montando una manifestación que al llegar a mi calle es detenida por las fuerzas policiales, que detienen a unos ocho. La gente se planta y dicen que de allí no se mueve nadie hasta que los suelten. Y los sueltan.

El Jefe Superior de Policía de Barcelona toma nota de lo sucedido llaman al arzobispado para que le lean la cartilla a mosén Rosell, cura de mi pueblo, al que requieren en comisaría para interrogarle. 'Mira hijo -le digo a mi niño- nunca verás tantos comunistas yendo a misa', cuando en agosto de 2007 despedimos a mosén Rosell.

Volvemos al 27 de septiembre de 1976. Manifestación en Madrid. Carlos González Martínez, 21 años, brillante estudiante de Psicología, delegado de curso, marxista sin militar en ningún partido. Tiene intención de pasar a Sociología para cursar Políticas. También escribe poesía y espera poder publicar algún día.

Carlos González es el quinto de seis hermanos que en la mili ha formado parte de los Comités de soldados mientras su padre, don Eduardo, redactor deportivo en la SER y combatiente de la División Azul, no acaba de verlo claro. Carlos ha quedado con unos amigos para ir a la manifestación convocada por la Coordinadora Pro Amnistía.

La convocatoria no tarda en ser asaltada, la policía por un lado, y grupos ultraderechistas por otro. En plena carrera por la calle Barquillo, Carlos pierde de vista a sus amigos e intenta refugiarse en un portal. No es la policía quien aparece por allí, sino tres individuos que sacan sus pistolas al grito de ¡Viva Cristo Rey!, primero disparan al aire y luego al bulto. Carlos sale corriendo cuando uno de los tres tipos le dispara por la espalda a menos de medio metro. La bala le destroza el riñón, afecta pleura y pulmón y pasa a un centímetro del corazón.

Con la ayuda de una vecina, Carlos conseguirá llegar a casa de su novia, que al ver la herida llama a su padre, médico, que acude y lo trasladan de inmediato a la Ciudad Residencial Francisco Franco. Operado de urgencia, un hermano suyo es uno de los cirujanos, es llevado muy débil al servicio de reanimación, dónde entra en shock y sufre un paro cardíaco. Carlos González Martínez muere a las seis de la madrugada.

El 1 de octubre, coincidiendo con su funeral, todo Madrid se para. Al final de la jornada hay medio centenar de detenidos puestos a disposición del Juzgado de Orden Público. Ninguno relacionado con el asesinato de Carlos, claro, sino por pedir justicia. Pese a hallarse los casquillos de bala de los agresores y a las precisas descripciones de los mismos realizadas por diversos testigos de los hechos, nunca habrá investigación y el caso se archiva.

Sólo la perseverancia y tenacidad de la madre de Carlos, Margarita Martínez Corredor, consiguió que en el año 2006 el Tribunal Supremo reconociera a Carlos González como víctima del terrorismo, condición que un año antes les había sido denegada por el Consejo de Ministros por eso que llaman tecnicismos

El mejor reconocimiento se lo hicieron sus amigos y compañeros publicando sus poemas y escribiendo: 'Lo que nos está enseñando continuamente Carlos, es que los que han muerto como él, no son seres aparte, seres únicos. Cualquiera de nosotros puede morir de la misma forma; en cierto modo nos matan lentamente, sin dejarnos decir los que pensamos'.

dimecres, 21 de setembre de 2016

Luis Royo Ibáñez. 1920 - 2016



'Mi padre era anarquista. Un anarquista nada violento que hablaba de libertad y que me repetía que la vida de un hombre no tiene precio. Influyó mucho en mí aunque yo no he sido nunca anarquista'.

Me llega la noticia de la muerte de Luis Royo Ibáñez, el penúltimo de La Nueve. Ya sólo queda en pie el almeriense Rafael Gómez. Royo nació en la Barcelona popular, hijo de aragoneses. Estudió como interno con los salesianos gracias a la familia para la que trabajaba su madre. No le dan tiempo a estudiar demasiado, con 17 años lo mandan al frente de Balaguer con la quinta del biberón.

Como sabe leer y escribir lo nombran cabo. Tiene estudios, lo que no tiene son balas, y en algunos combates de defienden a pedradas. Es un descalabro, claro. Luego se chupa toda la batalla del Ebro, una carnicería. Le nombran sargento del Servicio de Información Especial, que dicho así suena importante. En realidad consiste en ir a pie, en parejas (uno lleva un fusil y el otro un cargador con 20 balas), bajo las bombas, y acercarte lo más que puedas a las trincheras enemigas para tomar nota, volver, y pasar informe. Hasta que en diciembre se hunde el frente y empieza la retirada, de Tortosa a Berga para pasar por Olot, Figueres y cruce fronterizo por Prats de Molló. A patita.

Un gélido domingo, 12 de febrero de 1939, desarmados, pasan la frontera. Los músicos aún conservan sus instrumentos y tocan el Himno de Riego. Pasan con la cabeza alta hasta que las tropas coloniales reparten estopa y los dejan tirados en un prado, a la intemperie, bajo una nevada de medio metro. Luego los internan en el campo de concentración de Agde, donde los refugiados han empezado a levantar algunas barracas. Se apiñan 27.000 personas. Los más jóvenes aguantan, los mayores caen como chinches.

Gracias a unos familiares lejanos sale del campo para trabajar de campesino. No hay mucha comida. 'Algunos iban a cazar gatos y hacían luego una sopa de gato que se comían encantados. Yo nunca pude. Durante mucho tiempo me alimenté sobre todo de caracoles y nabos'.

Cuando estalla la II Guerra Mundial le dan a elegir entre ser devuelto a España o ser enviado a Alemania. Elige enrolarse en la Legión Extranjera. Se alista en Marsella y lo embarcan para Argelia. En su mente está desertar a la primera oportunidad y ponerse al servicio del general De Gaulle, no por liberar Francia, si no por luchar contra el fascismo.

Luis Royo forma parte como artillero de un batallón con un 80% de republicanos españoles. Sirve como cocinero hasta que se pelea con un capitán que roba comida para hacer negocio. Lo envían para Fez. Allí se enteran del desembarco norteamericano en el Norte de África. La mayoría de españoles acaba desertando para unirse a las Fuerzas de la Francia Libre de Leclerc, en la Brigada de Marcha del Chad. Y se crea La Nueve.

Luis Royo, que ha aprendido a conducir en el desierto, 'no fue difícil porque en el desierto había mucho espacio para aprender', decía con un sentido del humor que no dejó arrebatarse jamás; es el chófer del blindado 'Madrid'. Luciendo las insignias con la bandera republicana que ha repartido en teniente Amado Granell, un republicano moderado admirado y respetado tanto por anarquistas como por comunistas, salen de Casablanca hacia Swansea, donde al ver las banderitas la población local los saluda al grito de 'Vive la Belgique'.

Luis Royo desembarcó con el resto de La Nueve en la playa de Omaha y combatió en primera línea, eran fuerza de choque, en Ecouché y Alançon. Royo entrará en París el 25 de agosto, rindiendo a los alemanes atrincherados en la Escuela Militar. Al día siguiente desfila por los Champs Elysées. Y al otro acampan en el Bois de Boulogne, con las demoiselles du Bois de Boulogne, 'venía a vernos mucha gente, sobre todo chicas muy guapas. Cada uno teníamos una tienda de campaña individual para dormir, pero aquellos días nadie durmió solo'.

Aquellos días duraron poco y se vinieron los días helados en Andelot, Châtel, La Mosela, en la Alsacia de 20 grados bajo cero. Luis Royo es herido de extrema gravedad y pasa 24 horas inconsciente.

Operado de urgencia en Vittel es evacuado a Oxford, mes y medio a base de tres dosis de penicilina diarias. Para cuando se ha recuperado, la guerra ya ha terminado. Se lleva de recuerdo esquirlas de metal en los pulmones que le acompañarán toda su vida.

Luis Royo, que siempre se sintió traicionado por los aliados al terminar la guerra y convertir a Franco en un aliado más, entró a trabajar en la Citroën, viviendo en un modesto apartamento a las afueras de París. Mientras pudo fue dando testimonio de las vidas de sus compañeros, los que nunca de rindieron en su lucha por la libertad. Hasta el año 2004 no recibió un homenaje de la alcaldía de París. Acudió no por él, fue por los amigos que ya no estaban.

Viudo y con la salud muy delicada pasó los últimos años viviendo con una de sus hijas. En 2014 ya no pudo asistir a los actos del 70 aniversario de la liberación de París, ni en 2015 a la inauguración del Jardín de los combatientes de La Nueve, aunque en esta ocasión la presencia de los reyes de España soltando un discurso en el que ni se mencionaba a Franco, el fascismo y el exilio republicano, no era el mejor aliciente.

Luis Royo ha muerto a los 96 años de edad en el hospital Paul Brousse de Villejuif. A este paso, cuando en Madrid inauguren el parque en honor a La Nueve ya no quedará vivo ninguno de sus combatientes.

divendres, 16 de setembre de 2016

La Noche de los Lápices. 1976.


'Primero mataremos a todos los subversivos, luego a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, luego a los indiferentes y por último a los tímidos'. General Ibérico Saint James

Francisco López Muntaner, María Claudia Falcone, Claudio de Acha, Horacio Ángel Ungaro, Daniel Alberto Racero, María Clara Ciocchini, Pablo Díaz, Patricia Miranda, Gustavo Calotti y Emilce Moler. Estos diez muchachos y muchachas tienen varias cosas en común: viven en La Plata y alrededores; provienen de familias de clase media; son estudiantes de secundaria entre los 16 y 18 años; pertenecen a la Unión de Estudiantes Secundarios que en 1975 ha luchado, y ganado, por obtener un billete con descuento en el transporte público para estudiantes; y trabajan como voluntarios en tareas de educación en las villas miseria.

El triunfo en la obtención del abono para el transporte ha sido vigilado de cerca por la Triple A, que ha tomado nota y fotos de los estudiantes más activos. En marzo de 1976 los militares dan el golpe de Estado y retiran el abono. Hay más protestas y se toman más notas y fotos. La Jefatura de la Policía de la Provincia de Buenos Aires elabora un documento titulado La Noche de los Lápices sobre la conveniencia de eliminar a los potenciales elementos subversivos en su raíz, antes de que crezcan.

En la Conferencia de Ejércitos Americanos de Santiago de Chile, Henry Kissinger anima a sus socios argentinos a acelerar la limpieza de subversivos, no vaya a enquistarse el tema. Los militares toman nota, se dejan de fotos, y en las semanas siguientes se aplican con denuedo a la tarea.

La noche del 16 de septiembre efectivos de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, dirigida por el general Ramón Camps, y del Batallón 601 del Servicio de Inteligencia del Ejército ponen en marcha un operativo. Esa noche y las siguientes noches, siempre de madrugada, efectivos armados sacan de sus camas a los diez jóvenes de secundaria, y maniatados y encapuchados, a punta de pistola y culatazo, son subidos a vehículos y engullidos por la noche.

Ninguno de los detenidos puede ser considerado un destacado líder estudiantil. Se trata de eliminar la posible semilla de subversión para plantar la semilla del terror. En el centro de detención clandestino de Arana, serán sometidos a interminables sesiones de tortura. Descargas eléctricas en labios, encías y genitales, uñas arrancadas, los aullidos  de dolor y pánico en las celdas contiguas. Siempre con los ojos vendados, también sufren simulacros de fusilamiento junto con otros secuestrados, entre llantos y gritos llamando a mamá, entre las carcajadas y los insultos de los militares.

El 26 de septiembre serán trasladados en dos camiones separados a Pozo de Banfield y Pozo de Quilmes. En Pozo de Banfield algunos comparten celda con muchachas embarazadas a la espera del parto que atiende el médico Jorge Bergés. Los bebés son librados a familias afines al Régimen y las madres desaparecidas.

Finalmente las diez muchachas y muchachos volverán a ser subidos a camiones para un nuevo traslado. Los camiones hacen un alto en el camino y el grupo es separado. Daniel Alberto Racero (18 años), María Clara Ciocchini (18 años), Claudio de Acha (17 años), Horacio Ángel Ungaro (17 años), Francisco López Muntaner (16 años) y María Claudia Falcone (16 años); son fusilados y desaparecidos. Pablo Díaz (18 años), Gustavo Calotti (18 años), Patricia Miranda (17 años) y Emilce Moler (17 años) se convertirán en presos legales en distintas cárceles hasta ser puestos en libertad vigilada.

Los 10 de La Noche de los Lápices no fueron los únicos, hubo cientos de secuestros y desapariciones entre chicos y chicas de secundaria, por ejemplo, como previa y ensayo al operativo de la noche del 16 de septiembre, el 1 de septiembre fueron secuestrados Víctor Vicente Marcaciano, Pablo Pastrana y Cristian Krause, alumnos del Colegio Nacional de La Plata; y el 4 de septiembre fueron secuestrados Víctor Triviño, Fernanda María Gutierrez, Carlos Mercante, Alejandro Desío, Abel Fuks, Graciela Torrado y Luis Cáceres.

Para este 16 de septiembre, 40 aniversario de los hechos, el gobierno lo ha venido celebrando a su manera, recortando inversión en escuelas, aumentando precios de matrículas y subiendo las tarifas de transporte. Es nuestro deber que los lápices sigan escribiendo.