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dimecres, 27 de gener de 2016

Amada García Rodríguez. 1938.


Gabriel Toimil García nunca pudo abrazar a su madre, Amada García Rodríguez. Nunca le pudo tatuar la sonrisa en la mirada. A Amada García la fusilaron los fascistas el 27 de enero de 1938. La asesinaron por comunista y, más aún, por ser mujer. Si es que encima van provocando. En Galicia no hubo guerra civil, hubo una carnicería. Y un largo silencio de plomo.

Amada García Rodríguez había nacido en Mugardos. Hija de pescador y casada con un trabajador del arsenal de Ferrol. Era militante del Partido Comunista y una excelente oradora que enfrentaba todas las convenciones de sumisión de la inquisición caciquil. Hizo una activa campaña por el Frente Popular e intentó organizar la defensa de la República en la comarca. Fue detenida tras el golpe de Estado y sometida a un simulacro de consejo de guerra que la acusó de ‘roja y revolucionaria’. La sentenciaron a muerte.

Amada estaba embarazada de su hijo Gabriel y los militares decidieron aplazar el fusilamiento hasta el nacimiento del niño. La encerraron en la cárcel de mujeres de Ferrol y el 31 de octubre de 1937 fue trasladada al Hospital de Caridad para parir. Allí nació Gabriel, bajo la mirada de un guardia armado.

El 27 de enero de 1938, 88 días después del parto, Gabriel es arrancado de los brazos de su madre y Amada es fusilada contra el muro de la prisión militar del Castillo de San Felipe, en la bocana de la ría de Ferrol, junto a 7 personas más. Amada García Rodríguez tenía 27 años.

El pequeño Gabriel fue entregado a sus abuelos maternos, un pescador y una redeira, porque su padre estaba en la cárcel. Gabriel Toimil reivindicó la memoria de su madre llevando flores al muro del castillo de San Felipe cada 27 de enero. Gabriel Toimil García murió el  2 de mayo 2014 tras una larga enfermedad. Ahora su cuerpo reposa junto al de su madre en una fosa del cementerio de Serantes, abrazados por la tierra preñada de su recuerdo.

dimecres, 20 de gener de 2016

Enrique Ruano. 1969.


La noche del 17 de enero de 1969 la policía entra en un bar y detiene a cuatro estudiantes de Derecho de la Complutense: Enrique Ruano, su novia, Lola González Ruiz, Abilio Villena y José Bailo. Los han visto lanzando octavillas por la calle. Militan en el Frente Popular de Liberación, el Felipe, formación que buscaba conciliar marxismo y catolicismo mientras se oponía al franquismo. Los llevan a los sótanos de Puerta del Sol. A interrogarlos. La Inquisición interrogaba a brujas y herejes, por aclarar un poco el concepto.
A Enrique Ruano, 21 años, a punto de hacer el servicio militar, hijo de buena familia, maravilloso alumno en palabras de uno de sus profesores, Gregorio Peces Barba, lo tienen tres días sin dormir. A hostias. Al tercer día lo sacan a la calle, acompañado por tres policías de la Brigada Político Social: Francisco Colino, Celso Galván y Jesús Simón. Lo llevan al número 60 de General Mola, hoy Príncipe de Vergara, a registrar un piso en busca de pruebas incriminatorias.
El piso es un séptimo. Entran. Se oyen gritos, un disparo, y el cuerpo de Enrique Ruano cae al vacío por un patio interior. La policía llama a casa de sus padres, que su hijo se ha suicidado. Esa será la versión oficial. Un forcejeo, una loca carrera y un salto suicida desde el séptimo. No se les dejará ver el cadáver, la autopsia se hace de tapadillo y con muchas zonas oscuras. Ni siquiera se deja a la familia publicar una esquela.
El día 22 el hilo telefónico que conecta los despachos de Manuel Fraga Iribarne, ministro de Información; Manuel Jiménez Quílez, director general de Prensa y Torcuato Luca de Tena, director de ABC; da como resultado una editorial, sin firma, vergonzosa, aludiendo a un Enrique Ruano con problemas mentales, tendencias suicidas y manipulado por los comunistas, los verdaderos autores de su muerte: 'resulta infinitamente despreciable y perverso por parte de quienes le arrastraron fuera de la ley haber utilizado para la acción subversiva a un pobre muchacho tocado de una clara y típica psicopatía'.
ABC va ese día sobrado de oprobio y no contentos con poner en boca de Ruano la frase 'el infierno son los otros' se hacen con parte de la correspondencia privada entre Enrique Ruano y su psiquiatra, Carlos Castilla del Pino, la trocean, recomponen a placer y la convierten en un presunto diario personal que anuncia el suicidio. Pasado el tiempo publicarían nota reconociendo que igual se habían pasado tres pueblos con tanta creatividad.
El asesinato de Enrique Ruano provoca marejada en los ambientes universitarios y estallan huelgas y movilizaciones, por otros motivos, en todo el Estado. El 24 de enero se decreta el estado de excepción, el octavo de la dictadura y el primero de ámbito nacional, 'para luchar contra las acciones minoritarias sistemáticamente dirigidas a alterar la paz española y evitar que se arrastre a la juventud a una orgía de nihilismo y anarquía'. Hay cientos de detenciones que llevan a torturas, encarcelamientos y deportaciones al Sáhara. A un joven Joaquín Sabina lo detiene su propio padre, comisario de policía.
La familia de Enrique Ruano, de intachable moral, forman parte de los vencedores, intenta mover papeles para limpiar la memoria de su hijo de toda la mierda que les están tirando. Fraga en persona llama al padre de Enrique, que deje de tocar los cojones, que a ver si también va a tener problemas de salud su hija Margot, que anda en política como hacía su hermano.
No habrá investigación alguna. La familia no se rendirá y logra que el caso de reabra en 1994 para prosperar en 1996 llevando a los tres policías que acompañaban a Enrique al banquillo de acusados. Los tres agentes, que por cierto fueron felicitados públicamente en febrero del 69 por su trabajo en la custodia del detenido suicida, habían progresado adecuadamente ascendiendo en la escala sin mayores problemas, llegando al juicio como comisarios.
El abogado José María Mohedano, compañero de clase de Enrique, llevó el caso que acabó con la exculpación de los acusados por falta de pruebas. Que habían desaparecido, vaya.
La autopsia realizada tras su muerte desvelaba una herida circular en la clavícula, atribuida a un clavo de vete a saber dónde, provocada en todo caso por un objeto cónico de metal. Parecido a un bala, vamos. Cuando exhumaron el cuerpo de Enrique para un nuevo examen descubrieron, sorpresa, que alguien le había serrado la clavícula y ya no había rastros que examinar. Carlos Castilla del Pino, que lo atendía como gran amigo de la familia, siempre desmintió las tendencias suicidas de Enrique.
Coda triste en un país con mucha sinfonía macabra. La novia de Enrique Ruano, Lola González Ruiz, acabó la carrera de Derecho y pudo ejercer de abogada. Era una de las personas que estaba en el despacho de abogados laboralistas de la calle Atocha el 24 de enero de 1977. Los pistoleros fascistas la dejaron gravemente herida y mataron a su marido, Javier Sauquillo. Lola González moría víctima del cáncer, a los 68 años de edad, el 27 de enero de 2015. Jodida escarcha de enero.

dimarts, 5 de gener de 2016

Ramón María del Valle Inclán. 1936.


Releyendo con gozo a Valle Inclán a los 80 años de su muerte...

MAX- Yo soy un poeta ciego.

EL PRESO- ¡No es pequeña desgracia...! En España el trabajo y la inteligencia siempre se han visto menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero.

MAX- Hay que establecer la guillotina eléctrica en la Puerta del Sol.

EL PRESO- No basta. El ideal revolucionario tiene que ser la destrucción de la riqueza, como en Rusia. No es suficiente la degollación de todos los ricos: Siempre aparecerá un heredero, y aun cuando se suprima la herencia, no podrá evitarse que los despojados conspiren para recobrarla. Hay que hacer imposible el orden anterior, y eso sólo se consigue destruyendo la riqueza. Barcelona industrial tiene que hundirse para renacer de sus escombros con otro concepto de la propiedad y del trabajo. En Europa, el patrono de más negra entraña es el catalán, y no digo del mundo porque existen las Colonias Españolas de América. ¡Barcelona solamente se salva pereciendo!

MAX- ¡Barcelona es cara a mi corazón! Yo le debo los únicos goces en la lobreguez de mi ceguera. Todos los días un patrono muerto, algunas veces, dos... Eso consuela.

EL PRESO- No cuenta usted los obreros que caen.

MAX- Los obreros se reproducen populosamente, de un modo comparable a las moscas. En cambio los patronos, como los elefantes, como todas las bestias poderosas y prehistóricas, procrean lentamente. Saulo, hay que difundir por el mundo la religión nueva.

EL PRESO- Mi nombre es Mateo.

MAX- Yo te bautizo Saulo. Soy poeta y tengo el derecho al alfabeto. Escucha para cuando seas libre, Saulo: Una buena cacería puede encarecer la piel de patrono catalán por encima del marfil de Calcuta.

EL PRESO- En ello laboramos.

MAX- ¿De qué te acusan?

EL PRESO- Es cuento largo. Soy tachado de rebelde... No quise dejar el telar por ir a la guerra y levanté un motín en la fábrica. Me denunció el patrón, cumplí condena, recorrí el mundo buscando trabajo, y ahora voy por tránsitos, reclamado de no sé qué jueces. Conozco la suerte que me espera: Cuatro tiros por intento de fuga. Bueno. Si no es más que eso.

MAX- ¿Pues qué temes?

EL PRESO- Que se diviertan dándome tormento.

MAX .- Canallas. ¡Y esos son los que protestan de la leyenda negra!

EL PRESO- Por siete pesetas, al cruzar un lugar solitario, me sacarán la vida los que tienen a su cargo la defensa del pueblo. ¡Y a esto llaman justicia los ricos canallas!

MAX- Los ricos y los pobres, la barbarie ibérica es unánime.

EL PRESO- ¡Todos!

MAX- ¡Todos! ¿Mateo, dónde está la bomba que destripe el terrón maldito de España?


Luces de bohemia. 1924.