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dissabte, 19 de desembre de 2015

Mikel Salegi Urbieta. 1974.


Noche tormentosa del 18 de diciembre de 1974. Mikel Salegi Urbieta, 21 años, vuelve a casa en coche con más compañeros después de una cena para celebrar que algunos de ellos han aprobado unas oposiciones. Son estudiantes del Instituto Social de la Marina. Van en tres coches. Mikel viaja de copiloto en el vehículo que cierra la comitiva. La lluvia es copiosa, la oscuridad mucha y avanzan despacio por la carretera.

Un control de la Guardia Civil, sin señales visibles, detiene a los dos primeros vehículos. Los jóvenes avisan que viene un tercero, más rezagado. Cuando aparece el coche en el que viaja Mikel, les dan el alto. O eso dicen, porque sin señales y sin apenas luz, nadie parece darse cuenta. Los guardias saben cómo hacerse ver. Vacían sus cargadores sobre el coche y 18 balas destrozan el cuerpo de Mikel Salegi, que aún respira.

Los amigos de Mikel piden a los guardias que lo lleven a toda leche al hospital. Los guardias prefieren quedarse a limpiar los indicios que puedan demostrar que igual se les ha ido el dedo. Detienen al conductor y se llevan el vehículo acribillado a ver si lo pule un buen chapista. Mikel agoniza tirado en el arcén hasta que sus compañeros se lo llevan en otro coche.

Antes de llegar al hospital los detienen en otro control, esta vez de la Policía Armada, que les acribillan a preguntas. Así pasan unos diez minutos. Cuando llegan al hospital, Mikel muere, igual si hubieran llegado diez minutos antes...nunca se sabrá...

Sí se sabe que cuando llega la familia no les dejan ver el cuerpo de MIkel, se lo han llevado por la puerta de atrás al cementerio de Polloe para enterrarlo a toda prisa sin autopsias ni enojosos trámites. La familia llega al cementerio y está tomado por la policía que ejercen de sepultureros, que debe ser asignatura de la academia. La rápida intervención de los abogados consigue que puedan enterrar a Mikel en paz. Bueno, en paz no.

A la salida del funeral en Santa María agentes de la Policía Armada y energúmenos de la extrema derecha han formado un pasillo y empiezan a golpear a los asistentes, incluyendo a la madre de Mikel, Marisa. Una amiga de MIkel, embarazada, se interpone entre Marisa y los agresores, que no se sortan. La mujer acabará abortando a causa de los golpes. El espectáculo termina con un centenar de detenidos y un asistente al funeral que pierde un ojo por los porrazos.

El asesinato de Mikel Salegi consigue que a partir de ese momento sea obligatorio señalar convenientemente los controles de carretera. No parece mucho. Y dio lugar a la primera querella popular para denunciar la brutalidad policial durante la dictadura. Es mucho. Hacía falta mucho valor para ofrecer tu testimonio de denuncia.

La Guardia Civil montó un tribunal militar empeñados en demostrar que el conductor del coche en el que iba Mikel, iba completamente borracho. Hasta se acercaron al restaurante en el que habían cenado para obligarles a inflar la factura metiendo botellas de vino a tutiplén. No coló. Se negaron y hasta el fiscal militar se puso rojo de vergüenza y pidió la absolución del conductor. El sentimiento de vergüenza no llegó más allá en el estamento judicial y el caso de Mikel Salegi se sobreseyó sin darle más vueltas.

diumenge, 13 de desembre de 2015

José Luis Montañés Gil y Emilio Martínez Menéndez. 1979.


Año 1979. La calle anda revuelta contra la Ley de Autonomía Universitaria (LAU) y el Estatuto de los Trabajadores. Entre una cosa y la otra hay convocadas cuatro manifestaciones en Madrid para el día 13 de diciembre.

Por la mañana hay manifestación de estudiantes contra la LAU al considerarla una ley que 'profundiza la degradación de nuestra universidad, abre vías para el control de parcelas de la investigación y la docencia de la universidad pública por el capital privado'. ¿Les suena? La manifestación está debidamente autorizada, así que la policía los echa de la calle con cajas destempladas. Una manifestación autorizada ya era eso, las fuerzas de seguridad estaban autorizadas a repartir hostias a cascoporro.

Por la tarde hay tres manifestaciones más, dos de estudiantes, que acaban disueltas a porrazos, y una tercera convocada por CC.OO., USO y Sindicato Unitario contra el Estatuto de los Trabajadores que transcurre sin incidentes avalada por algunas presencias conocidas al frente, como Santiago Carrillo. Ya cayendo la noche, cerca de la Glorieta de Embajadores, grupos de estudiantes que vienen rebotados de las otras manifestaciones se unen a la manifestación sindical gritando contra la policía y a favor de la unión entre estudiantes y clase obrera.

La policía no está para unidades más allá de la de la patria y, como andaban aburridos, se ponen a cargar. Los estudiantes cruzan barricadas en la vía pública y enfrentan las cargas mientras Carrillo se larga de allí discretamente, no vaya a perjudicarle el asunto. Un grupo de jóvenes se encara a una dotación policial que no duda ni un instante en abrir fuego real. Se supone que disparan al aire. Tan al aire que a Luis Sáenz Robles le revientan una rodilla. Tan en modo 'mero afán disuasorio' que a José Luis Montañés, 23 años, una bala le atraviesa el cuello y lo mata allí mismo, mientras que a Emilio Martínez Menéndez, 20 años, otra bala le entra por el hemitórax derecho, toca el corazón y se aloja en el bazo. Muere minutos después en la mesa de operaciones.

Mientras Emilio agoniza en la mesa de operaciones y los gases lacrimógenos se van disipando en la ronda de Valencia en la que han sido asesinados, un grupo de policías se dedica a meter los dedos por las decenas de orificios de balas que han dejado en un autobús cruzado en la vía mientras se parten de la risa. Más de uno parece haberse animado con chinchón antes de salir a velar por el orden ciudadano.

La versión oficial de Dirección General de Seguridad, ministro de Interior, Antonio Ibáñez Freire, y gobernador civil, Juan José Rosón, se centra en hablar de un furioso y malintencionado grupo de estudiantes rodeando el vehículo policial con aviesas intenciones. Y que así las cosas los agentes repelieron la agresión disparando al aire. 

Igual ese disparar al aire explica porqué también hay heridos lejos del radio de acción de la patrulla. María Patricia McAnurty, turista británica, recibe un balazo en la calle de Bernardino Obregón y Esteban Montero, con otro impacto de bala, intentaba protegerse en la Glorita de Embajadores. Las balas voladoras deben tratarse de un secreto de Estado, porque en todos los centros sanitarios en los que se está atendiendo a heridos, aparece una pareja de policías reclamando los proyectiles a los médicos.

El periódico El País, que ya apunta maneras, trata a los dos muertos casi como delincuentes indocumentados; al padre de Emilio lo describe como a una especie de gañán, 'un hombre bajo y grueso' que 'no acertó a decir qué estudiaba su hijo'; publica la versión de los hechos de un vecino anónimo que pese a ser de noche, al humo y la confusión y a verlo todo desde su balcón, coincide muy mucho con la versión policial con todo lujo de detalles. Y termina con un impagable 'El presidente Suárez, sin ocultar su preocupación, efectuó una llamada telefónica en la que le fue confirmada la noticia de la muerte de los dos jóvenes e inmediatamente, con gesto apesadumbrado, abandonó el palacio de las Cortes'.

El doctor Rodríguez Álvarez, que ha atendido a Emilio en urgencias, no ha entregado la bala que ha extraído a la policía y la pone a disposición judicial. Y mira tú por dónde llega a la manos del juez Clemente Auger, magistrado del juzgado de Instrucción nº 3.

Clemente Auger, relegado durante el franquismo por poco idóneo y en cuyo domicilio se fundó en 1972 Justicia Democrática, instruye al caso y por primera vez desde la muerte de Franco solicita el procesamiento de tres policías como presuntos autores de un delito de homicidio. Francisco Antonio Garrido Sánchez, Juan José López Tapia y Manuel Ortega García, suya es la bala alojada en el bazo de Emilio, irán al banquillo.

No, no me sonrían, que no he terminado. El día que se reconstruyen los hechos un nutrido grupo de policías insultan y amenazan a juez y testigos. Poco después, dos estudiantes de Ciencias de la Información que han elaborado un documental sobre lo sucedido, con la inclusión de numerosos testigos, son detenidos por orden gubernativa y la cinta secuestrada.

Clemente Auger eleva la instrucción del caso a la Audiencia Provincial, ese lugar que albergaba al TOP y cuya transición a la democracia ha consistido en cambiar las placas de las puertas con el nuevo nombre. El caso acaba en la Sección Primera y preside la sala Luis Pérez Lemaur García, un tipo siniestro que luce en la solapa la rojigualda con pollo negro. A un lado le acompaña el magistrado Francisco Alberto Gutiérrez Moreno, Vocal de la Junta Nacional del Movimiento Católico Español, veterano de guerra y 'hombre afable, culto y espiritual' según rezaba su necrológica. Al otro lado está Alberto Leiva Rey, que ha sido gobernador civil de Sevilla con Franco. Deniegan el procesamiento de los policías y archivan el caso.

No se vayan. Aún hay más. Acabado el homenaje a José Luis y Emilio en el quinto aniversario de su muerte, José Luis Carrero Arranz, que testificó y participó en la reconstrucción de los hechos en su momento, vuelve para casa después de participar en el acto de recuerdo. Alguien le sigue y le dispara por la espalda. Tiene más suerte que José Luis y Emilio y le salvan la vida en el hospital del Instituto de Cirugías Especiales, en San Bernardo. Al terminar la operación y a pie de quirófano dos policías le exigen la bala extraída al cirujano y se van con ella. José Barrionuevo es ministro del ramo y Felipe González presidente.

dimecres, 9 de desembre de 2015

Enric Casañas i Piera. 1919 - 2015


Ha muerto Enric Casañas i Piera. No, no ha salido en los telediarios. Nació en una familia de convicciones libertarias. Era sobrino de Simó Piera, uno de los fundadores de la CNT, un pequeño constructor que era el primero en convocar huelga para defender los derechos de sus trabajadores. Era uno de los que participaron en el mitin de Las Arenas, cuando la huelga de La Canadiense que consiguió la jornada de ocho horas. Algún día se había traído a comer a casa a Salvador Seguí.

Enric se puso a trabajar a los 13 años y por las tardes se iba a la escuela racionalista de Santa Coloma, donde conoció a Gregori Jover, compañero de Durruti y García Oliver, que dieron varias charlas en la escuela. Jover, Durruti y García Oliver fueron a América del Sur y expropiaban bancos para invertir los dividendos en financiar escuelas y bibliotecas. Tiene de maestro a José Berruezo, murciano, seguidor de Ferrer i Guàrdia, que sería alcalde de Santa Coloma durante la guerra.

La huelga general de octubre del 34 lo pilla con 15 años y aprovechando el descontrol para hacerse con unas cuantas armas que esconderán en la montaña por lo que pueda pasar. Al año siguiente lo trincan por participar en la huelga de tranvias con acciones de sabotaje y acaba incomunicado en La Modelo. De allí lo mandan al asilo Duran, una especie de casa del terror regentada por psicópatas en hábito religioso de la congregación San Pedro ad Vincula. Le caen hostias a manta. Por suerte su tío Simó consigue sacarlo y lo emplea con él.

El 19 de julio de 1936, mientras las sirenas de todas las fábricas de Barcelona llaman a parar al fascismo, Enric y su madre están entre los que toman al asalto el cuartel de Sant Andreu. Una semana después se va al frente enrolado en la centuria Ascaso con su amigo Josep Gatell. Tiene 17 años y va a chuparse toda la guerra. Formará parte del grupo Petróleo, guerrilla de sabotaje con nutrida presencia de Santa Coloma. Un día van y les levantan 3.000 ovejas en sus mismas narices a los fascistas, que hay mucha hambre. Otro día casi ni lo cuentan intentando volar un puente cerca de Quinto.

Siempre con Gatell, y ya militarizados, combate en Belchite y Teruel. Cuando la zona republicana queda partida en dos se acercan a Valencia para formar parte de la expedición que parte por mar a defender Barcelona. Los fascistas llegan primero y el barco no para hasta Palamós. Deben ponerse contentos de volver a pisar tierra firme, porque se van a patita hasta Ripoll para contactar con los soldados en retirada. Casañas y Gatell serán parte de esos soldados que se interponen entre las tropas fascistas y la población civil en huida bajo las bombas y la metralla.

Entrará en Francia sin noticias de la fraternité y con un extraño concepto de hospitalité que lo lleva a los campos de concentración de Barcarès, Argelès y una compañía de trabajo. Ocupada Francia por aquellos contra los que luchaban aquellos españoles confinados a los piojos y la humillación, Enric no dudará en colaborar con la Resistencia.

Acabada la II Guerra Mundial y con documentación falsa volverá a Catalunya para ayudar a reconstruir la CNT y ver cómo respira la cosa. La cosa está de derrame pleural de campeonato y en 1951 hace las maletas y se marcha a Brasil con su amigo del alma, Josep Gatell. El Centro de Estudios Sociales de Sao Paulo será el lugar de encuentro de muchos exiliados, como el maestro y pedagogo Joan Puig i Elias, el que fuera presidente del Consell de l'Escola Nova Unificada.

Enric Casañas regresó a Barcelona tras la muerte del dictador, a seguir trabajando en la reconstrucción de la CNT, superando divisiones internas haciendo ejercicios de comprensión. Malos tiempos. Los buhoneros de la transición precisaban liquidar todo movimiento social y de disidencia. Casañas no se rindió y siguió viviendo. Consideraba el anarquismo un acto de vida. Más allá de una idea hermosa es algo que pervive en gestos, actitudes... Así que cuando usted ayude a alguien sin cargar el favor en cuenta, cuando entre en un abrazo o comparta una carcajada, sepa que está rindiendo un sentido homenaje a Enric Casañas y otros como él, aunque no los conozca porque no salen en los telediarios.

dimecres, 2 de desembre de 2015

Henri Etxeberri, Koldo López de Gereñu y Kepa Tolosa. 1975.



En su nuevo despacho bajo una losa en el Valle de los Caídos, el general seguía dictando sentencias de muerte a su modo, añadiendo el plomo al oro, incienso y mirra de las fiestas que se acercaban y que pasaron de largo por diversos hogares.

El 2 de diciembre de aquel 1975, Henri Etxeberri tenía la mala fortuna de discutir en un bar con la persona equivocada, un policía que zanjó la situación sacando la pistola y matándolo de un disparo.

Ese mismo día, Koldo López de Gereñu (con camisa roja en la foto), Ricardo Lasa y José Mari Azurmendi, ateridos de hambre y frío, bajan del monte para comer caliente en el caserío Endrio, propiedad del padre de Ricardo. Los tres jóvenes estudiantes andan refugiados en el monte desde el 11 de noviembre después de haber participado en actos de protesta por los fusilamientos del pasado mes de septiembre y están en el punto de mira de las fuerzas de seguridad del Estado. En el monte, durmiendo de mala manera y comiendo manzanas, se han enterado de la muerte del dictador y esperan a ver si se relaja la situación. Los tres conocen en su carne y sus huesos las palizas recibidas hace un año en la cárcel de Martutene.

Mientras están descansando ven acercarse un Jeep de la Guardia Civil. El vehículo se detiene y desciende un  teniente de la Guardia Civil que llama a la puerta. Los tres muchachos intentan escapar por una puerta trasera cuando son descubiertos por el teniente, que dispara su ametralladora. Ricardo y José Mari conseguirán escapar monte arriba y acabarán pasando la frontera con severas congelaciones en los dedos de los pies. Koldo López de Gereñu, 18 años, no tendrá tanta suerte y una bala le atraviesa el cuello y le congela el alma. Koldo será enterrado en su Beasain natal. No habrá investigación alguna. A Ricardo y José Mari se les acusa de tenencia de propaganda subversiva y desobediencia a la autoridad con resultado de muerte, es decir, les acusan de ser los responsables del asesinato de Koldo.

El 9 de diciembre, en Beasain, Kepa Tolosa Goikoetxea, 28 años, está con su novia en el coche, comiéndose a besos, hablando, quizás, de las comidas y cenas que se avecinan, de los compromisos familiares; pensando tal vez en la cara que pondrá el otro al abrir los regalos. Está oscureciendo y aparecen unas sombras que se acercan a paso rápido hacia el coche. Los dos se asustan pensando en posibles ladrones o algo peor. Kepa pone el coche en marcha y arranca para alejarse de allí. Las sombras son eso, sombras, guardias civiles de paisano que los ametrallan para que no escapen. Una bala en la cabeza acaba con la vida de Kepa. No habrá ninguna investigación ni sanción y culpan a los jóvenes por no haber hecho caso de una supuesta orden de alto. Francisco Franco, el viejo homicida, siempre fue más de esquelas que de tarjetas de Navidad.