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dilluns, 25 de maig de 2015

Bombardeo Mercado Central de Alicante. 1938.


Alicante estaba alejada de cualquier frente bélico. Alicante no tenía instalaciones militares. Alicante sufrió más de 70 bombardeos durante la Guerra Civil española. El primer fue en noviembre de 1936, de madrugada. Luego vinieron más, dejaron de ser novedad. La gente se iba a la huerta, en el extrarradio de la ciudad. Allí pasaban las noches, por si acaso.

En verano de 1937, viendo que los fascistas de la aviación italiana la tienen tomada con Alicante y no la van a dejar en paz, ya se han construido 41 refugios con capacidad para unas 30.000 personas. Los italianos, con base en Mallorca, llegan desde el mar, sueltan su carga, y se van.

En mayo de 1938 Alicante acoge a muchos refugiados y el hambre aprieta. El miércoles 25 de mayo hay buenas noticias. Ha habido una buena pesca de sardinas que se venderán en el Mercado Central. La heroica aviación legionaria italiana, especializada en bombardear población civil indefensa y afinar la puntería ametrallando niños y mujeres en despavorida huida, también decide salir de pesca esa mañana. A las 8.10 horas despegan de Mallorca.

A las 11.15 horas la gente abarrota el Mercado Central. Una escuadrilla de 9 Savoia S-79 Sparviero se acerca a Alicante. Los capitanes De Prato y Zigiotti, al mando de la operación, deciden que bombardear a la gente en sus refugios no tiene gracia, que derruir edificios empieza a resultar aburrido, así que dan orden de desviarse por el interior, dando un pequeño rodeo para evitar los puestos de alarma antiaérea del puerto y la playa del Postiguet.

Los nueve aviones, en tres grupos de a tres separados por breves intervalos, irrumpen por sorpresa y sueltan 90 bombas, varias de ellas sobre el mercado. Cuando suenan las alarmas ya nadie puede refugiarse. Las bombas, altamente explosivas, cargadas de metralla, dejan en la mente de los supervivientes imágenes de cuerpos decapitados, piernas segadas, estómagos cercenados, y sangre, mucha sangre... venían por el cielo a matar niños, y por las calles la sangre de los niños corría simplemente, como sangre de niños...

A mediodía hay más de 300 muertos en las calles de Alicante, y más de un millar de heridos, muchos de ellos mutilados de por vida. Las democracias occidentales se escandalizan, como las beatas, que al escandalizarse se persignan y salen corriendo para otro lado. Aquí no pasa nada, sólo la sangre por las calles. La mayoría de víctimas se enterraron en fosas comunes, anónimamente, cubiertas por el silencio, mezcladas poco después con los cuerpos de los fusilados al terminar la guerra. Durante años nadie habló de ellos, ya saben, por aquello de la reconciliación. Hasta que en 1988 se recuperó lo sucedido en un artículo de prensa, un hecho que muchos recordaban y callaban por miedo.

En 1995 se les puso una pequeña placa, un discreto recordatorio. Desde 2005, cada 25 de mayo, se celebra una concentración en el mercado a la hora del bombardeo. En 2012 se colocó una placa bien visible en la plaza del Mercado, pese a que la alcaldesa del PP, Sonia Castedo, la insigne y conspicua corrupta imputada en las tramas Gurtel y Brugal, se oponía al uso del calificativo 'bombardeo fascista' (normal es una especialista en recalificar usos). Al final cedió. Aquello no era la guerra, era el fascismo. Así lo recuerda ahora, desde 2013, un memorial que el Ayuntamiento se negó a sufragar por aquello de la crisis y que se sacó adelante por subscripción popular.

dissabte, 23 de maig de 2015

Koldo Arriola. 1975.


Koldo Arriola, 18 años, hijo único, celebra la cena de fin de curso con sus compañeros de clase, ya a las puertas de la Universidad. Salen al mundo cantando. Los 18 años se parecen a una canción y el mundo es un espacio ilimitado repleto de planes. Es el 23 de mayo de 1975, está decretado el estado de excepción y está prohibido formar grupos de más de 5 personas, así que suben a los coches en grupos de tres. Quieren acabar la noche en la discoteca y salen de Saturraran, en Motrico, hacia su Ondarroa natal. (Nota. En Saturraran había un balneario para gente bien, convertido luego en balneario para seminaristas que Franco convirtió en cárcel para mujeres de 1937 a 1944. Pasaron unas 2000  mujeres. Las carceleras eran monjas que castigaban a muchas reclusas en una celda en los sótanos que se llenaba de agua al subir la marea).

Entrando en Ondarroa, a la altura del cuartel de la Guardia Civil, un guardia les da el alto y se lleva a Koldo al interior del cuartel, ordenando a sus dos amigos a que sigan su camino. Los dos amigos se quedan cerca del edificio, inquietos. Oirán el disparo a quemarropa que efectúa el guardia civil Pedro Rodríguez. Ven a Koldo salir del cuartel, con la mano en el pecho, y como cae desplomado sin vida.

A primera hora del día 24 llaman por teléfono a los padres de Koldo para que recojan su cuerpo en el depósito del cementerio. Allí lo ha traslado la Guardia Civil en el camión de la basura, envuelto en una bolsa. La madre de Koldo, Zelestina, se presenta fuera de sí en el cuartel pidiendo explicaciones. Es sacada de allí sin contemplaciones.

Koldo Arriola será enterrado el día 25 con Ondarroa en huelga general e indignada por una versión oficial que presenta a un Koldo borracho que blasfema, insulta a la autoridad e intenta agredir a un guardia, produciéndose un forcejeo que acaba con el guardia en el suelo y un disparo accidental que mata a Koldo. No sólo no se abrirá investigación ni mucho menos se condenará a alguien, si no que se abrirán diligencias contra Koldo Arriola "por presunto delito de insulto a la Fuerza Armada". A veces el mundo es un lugar que no merece ni una sola canción.

dijous, 14 de maig de 2015

Semana pro Amnistía. 1977.


Rafael Gómez Jáuregui luchó contra el fascismo durante la guerra. Acabada la guerra continuó luchando desde la clandestinidad hasta ser detenido y condenado a muerte. Le conmutaron la pena capital y se pasó cinco años en la cárcel. Al salir de prisión, en agradecimiento, fue uno de los organizadores de la huelga de 1947, primera huelga política de la dictadura. Acabó en el exilio, 17 años en tierras del Jura. Volverá a casa en 1968. Poco podía pensar el veterano luchador que apenas dos años después de enterrado el dictador, un 12 de mayo de 1977, moriría ametrallado en el balcón de su casa, en Rentería, por disparos de la Guardia Civil. Rafael Gómez Jáuregui fue el primer muerto por herida de bala de la semana pro-amnistía convocada en Euskal Herria del 8 al 15 de mayo de 1977.

La semana pro-amnistía, la segunda del año, empezó en día 8 con diversos actos populares y cortes de carreteras. La noche del 8 de mayo, la Guardia Civil ordena al empleado de la autopista Bilbo - Behobia, Clemente del Caño Ibañez, que retire una barricada de la autovía. No toman ninguna medida de seguridad y Clemente muere arrollado por un vehículo. 

La tensión va creciendo. Asambleas populares en varias localidades llaman a la huelga y convocan sentadas y manifestaciones. Rentería, como otras ciudades, amanece el día 12 en paro general. Hay protestas y enfrentamientos con las Fuerzas de Seguridad del Estado. Y los primeros heridos de bala. Por la tarde, en una carga, una ráfaga de subfusil acabará con la vida de Rafael Gómez Jáuregi, de 78 años, que ha salido al balcón a ver qué pasaba.

Al día siguiente hay manifestaciones por la muerte de Gómez Jáuregui y la huelga se extiende. Enfrentamientos y cargas en el casco viejo de Pamplona. José Luis Cano Pérez, 28 años, intenta refugiarse en un bar. Un grupo de policía se lo impide. Rodeado, recibe una brutal paliza. Ya en el suelo, un cabo lo asesina de un tiro en la nuca.

El día 14 la huelga general es un hecho y el Ayuntamiento de Pamplona condena la actuación desmesurada de la fuerza pública. No sirve de mucho. Ese mismo día, en Rentería, Gregorio Maritxlar Aiestaran, 62 años, se asoma a una ventana de su casa y recibe un balazo. Morirá en el hospital diez días después. En Pamplona, Luis Santamaría Miquelena, 72 años, también sale al balcón y asiste a una lluvia de pelotazos de goma que le provocan un shock cardíaco que acaba con su vida. El joven de 15 años, Javier Burguete, también ha salido al balcón y acaba ingresado en el hospital con conmoción cerebral por un pelotazo de goma en la cabeza.

Ya en la noche del día 14, en Ortuella, Manuel Fuentes Mesa, 30 años, militante de CC.OO. sale de una cena de despedida de soltero con siete amigos. Les rodean cinco jeeps de la Guardia Civil y son atacados por los agentes. Manuel intenta escapar de los golpes y recibe un balazo por la espalda, en la cabeza. Muere allí mismo mientras los miembros de la Benemérita suben apresuradamente a los coches y se van.

La mañana del 15 de mayo, en Bilbao, Francisco Javier Núñez, 38 años, que padece una afección hepática, baja a comprar el periódico cuando le sorprende una carga policial. Varios antidisturbios le golpean. Cuando se recupera de los golpes, el día 17, va al juzgado de guardia a presentar denuncia. No le hacen mucho caso. Al salir se le acerca un grupo que le afea la conducta por intenatar interponer denuncia, que si no ha tenido bastante, y le propina una paliza. Para rematar le obligan a ingerir una botella de coñac y otra de aceite de ricino. Acaba vomitando sangre y hospitalizado. Morirá seis días después.

Ah, por cierto, ninguno de los responsables y autores materiales de estas siete muertes tuvo que esperar a la aprobación y aplicación de la ley de amnistía que se reclamaba para salir de la cárcel. Simplemente no hubo investigaciones ni procesados.

dimecres, 13 de maig de 2015

José Luis Cano Pérez. 1977.


13 de mayo de 1977. Continúan las  manifestaciones pro amnistía en pueblos y ciudades de Euskal Herria. Siguiendo la norma de las jornadas precedentes, la manifestación que ocupa el centro de Pamplona es disuelta con violencia. La gente se dispersa perseguida por la policía. José Luis Cano Pérez, 28 años, militante de CC.OO., vecino del barrio de Rochapea, intenta refugiarse en el bar Manuel, en la calle Calderería. Un grupo de agentes de la Policía Armada entran detrás, agarran a José Luis, lo sacan a la calle a empellones y le dan una soberana paliza. Cuando todo parece haber terminado y José Luis apenas puede moverse, un cabo de la policía saca su pistola y le da el tiro de gracia. Lo mata allí mismo de un disparo en la nuca. Le dan varias patadas más y se alejan del lugar.

El entierro de José Luis congrega a 4.000 personas que serán disueltas a pelotazos y botes de humo cuando muchas de ellas, bastantes mujeres y niños, ni siquiera han podido salir aún del cementerio. Isidro Esteban, médico de 25 años, acaba en la UVI con varias fracturas y conmoción cerebral. Nunca habrá el menor asomo de investigación.

divendres, 8 de maig de 2015

María José Bravo del Barrio. 1980.

La tarde del 8 de mayo de 1980, María José Bravo del Barrio, 16 años, va con su novio Francisco Javier Rueda por el barrio de Loyola, en la margen izquierda del río Urumea, frente a los cuarteles que albergan al Regimiento de Infantería Ligera "Tercio Viejo de Sicilia" nº 67. Están haciendo unas gestiones y hablan, quizás, del futuro. Un grupo les sale al paso. Al parecer les confunden con dos jóvenes vinculados al mundo abertzale. Golpean a Francisco Javier en la cabeza y le provocan una fractura del hueso craneal y hundimiento del parietal derecho, dejándolo sin sentido. María José correrá peor suerte. Es violada y asesinada a golpes en la cabeza. No es un acto de violencia gratuita. La violencia cotiza al alza en el mercado del terror y María José paga el precio del ser mujer. El fascismo siempre ha considerado el cuerpo de la mujer un territorio que someter, un campo en el que sembrar el miedo y hacer crecer una derrota, una humillación colectiva.

Alguien encuentra a un Francisco Javier ensangrentado y desorientado y le lleva al hospital. Pregunta por su novia, apenas recuerda nada. Encontrarán el cuerpo de María José al día siguiente. El Batallón Vasco Español reivindica el asesinato. La policía se lleva la ropa de la joven para la investigación. La ropa desaparecerá sin mayores explicaciones. No habrá investigación, ni detenidos, ni juicio, ni indemnización a la familia. El padre de María José murió poco después sumido en una profunda depresión y su novio moriría unos años más tarde arrastrando las secuelas de la agresión.

dimecres, 6 de maig de 2015

Juan Carlos García Pérez. 1980.

Mayo del 80 entra con un frío de sabor metálico en Madrid. El Primero de Mayo, acabada la manifestación convocada por CC.OO. y UGT, a plena luz del día, un grupo de fascistas agarra a Arturo Pajuelo, miembro activo de la Coordinadora de Barrios de la Zona Sur de Madrid y muy querido del barrio de Orcasitas, y le asestan nueve bayonetazos en hígado y pulmones, provocándole la muerte. Los testigos identifican a Daniel Fernández de Landa y Roca como autor material del crimen.

Un asesinato a ojos vista de la policía, que se lo toma con tranquilidad. Los asesinos se van andando a su casa. El Ministro de Interior es el teniente general Antonio Ibáñez Freire, veterano de la sublevación fascista del 36 i de la División Azul. Deja el cargo al día siguiente. Toma el relevo Juan José Rosón, familia de pedigrí falangista, gobernador civil de Madrid con Martín Villa y director general de RTVE con Arias Navarro. Todo queda en casa. En casa de los asesinos.

El 6 de mayo hay manifestación de protesta por el asesinato de Arturo Pajuelo. La marcha concluye en la plaza de la Cruz de los Caídos. Algunos manifestantes acaban realizando pintadas en el monumento. 'Fachas asesinos', puede leerse. Tal como relata El Alcázar al día siguiente, 'Tras tener conocimiento de este vandálico acto, el jefe provincial de Falange de Madrid, José María Alonso Collar, y numerosos falangistas acudieron al lugar reparando los daños sufridos y borrando las pintadas'. José María Alonso Collar, director de ventas de Talbot, da por terminada la conferencia que está realizando y toca arrebato para limpiar la afrenta.

Un centenar largo de falangistas llegan a la Cruz de los Caídos en Ciudad Lineal y empiezan a limpiar la afrenta. Literalmente. Unos le dan al balde y el estropajo, otros van cortando el tráfico y algunos más la emprenden a empellones con los transeúntes más curiosos. Cuando terminan quedan unos cuarenta. Tienen un plan. En perfecta formación militar se van en desfile hacia el Bar San Bao, donde supuestamente están tomando unas cañas los autores de las pintadas al monumento patrio.

Encabeza el desfile un señor bien trajeado luciendo unos complementos que desentonan un poco con su impecable chaqueta y chaleco gris: un machete en una mano y una pistola en la otra. Marcando el paso se puede ver a Daniel Fernández de Landa y Roca, el asesino de Arturo Pajuelo, que ha cambiado la bayoneta por un revólver. Más caras conocidas. Algunos jovenzuelos que hace un año habían asaltado la Facultad de Derecho de la Complutense disparando a diestro y siniestro, entre ellos Pedro Pablo Peña, actual presidente de Alianza Nacional, también con una arma de fuego de su padre policía.

A eso de las 22.15 horas, el grupo irrumpe en la terraza del Bar San Bao, en Arturo Soria 42, donde apuran el trago y la conversación antes del cierre unos treinta jóvenes. Se presentan al grito de '¡Viva Cristo Rey!' y con una sucinta y diáfana declaración de intenciones: '¡Os vamos a matar!'. Y empieza la tormenta de cadenas y bates de béisbol sobre los presentes. En medio de la refriega suenan cuatro disparos. Dos de esos disparos acaban con la vida de Juan Carlos García, 20 años, que está haciendo el servicio militar voluntario y había quedado con unos amigos. Le disparan por la espalda. Los otros dos disparos dejan heridos con una bala en la pierna y una en el bazo a Ramón Carlos Bornal, 19 años, y Vicente Seoane Martín, 20 años. A Arturo Simón Moliner le abren la cabeza de un golpe y precisa varios puntos de sutura.

La policía hace una redada gracias a las informaciones obtenidas del primer detenido, que canta el 'Cara al sol' y el nombre y dirección de los integrantes de la columna, excepto el del señor del traje gris y los complementos mal combinados, que debe imponer respeto. La Audiencia Nacional condena en 1983 a varios de los agresores a penas de entre 6 meses y 10 años. Curiosamente, o no, se libran los autores materiales del asesinato, Iñigo Guinea Pérez y el reincidente Daniel Fernández de Landa y Roca. La instrucción de la causa ha tardado tanto que ha dado tiempo al primero a instalarse en Brasil, mientras que el segundo aún anda en paradero desconocido a día de hoy. Las penas mayores son 10 años para Juan Domingo Martínez Lorenzo, que al enterarse se escapó a Francia, aunque volvió para entregarse; y 4 años para Jesús Alfredo Fernández de Landa, hermano de Daniel, que obtendrá la condicional a los 2 años.

En 1985, la Sala Segunda del Tribunal Supremo aumentó las penas de Juan Domingo Martínez Lorenzo y Jesús Alfredo Fernández de Landa, aunque, cosas de la justicia, al estimar que no fueron los ejecutores materiales del asesinato proponía al Gobierno un indulto parcial rebajando la mitad de la condena.

Sólo uno de los ocho jueces del Supremo se opuso a ello. José Hijas Palacios. No, no se me alboroten. Se opuso porque consideraba las penas excesivas y quería rebajarlas más. Hijas Palacios había sido presidente del Tribunal de Orden Público durante la dictadura y su argumentación para rebajar la pena de Martínez Lorenzo es apabullante y define una amplia zona de los Tribunales. Hijas Palacios defiende que 'no existe alevosía en la muerte de Juan Carlos García a pesar de haber recibido el disparo por la espalda. No fue un ataque traidor, porque el condenado entró en el bar gritando 'salid si tenéis cojones' y el que avisa no es traidor'. 

dimarts, 5 de maig de 2015

José Luis Escribano. 1978.

5 de mayo de 1978. José Luis Escribano, militante de CC.OO., discute en un bar de Soria con Antonio López, policía nacional. Una discusión de bar que ha ido subiendo de tono. Agotados los exabruptos, Antonio López recurre a un argumento de peso. Saca su pistola y asesina a José Luis Escribano de cuatro balazos disparados a bocajarro. Pam, pam, pam, pam. Así escriben la historia los vencedores, a gritos, onomatopeyas y escalofríos.