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dilluns, 30 de març de 2015

Benoit Pecastaing. Francisco Javier Galdeano. 1985.


Tarde noche del viernes 29 de marzo de 1985. El café Pyrénées, en Baiona, está a petar. Entre semana suele ser un lugar frecuentados por refugiados vascos del entorno abertzale. El viernes y durante el fin de semana, no. Está repleto de gente de todo tipo, muchos franceses de la zona. A eso de las 20.30 horas entra en el local Pierre Valdes, saca su pistola, la carga y empieza a disparar al bulto. Mata a Benoit Pecastaing, estudiante francés de 21 años, vecino de Anglet. Deja gravemente herido a Jean Marc Mutuo, 24 años, vecino de Arcangues. Y a Kepa Pikabea, el único vinculado a ETAm. Pikabea lleva varios muertos encima y al pasar los años pesarán sobre su conciencia, pidiendo perdón, en algún caso cara a cara, a las víctimas.

Pierre Valdes no pide perdón a nadie y sale del bar, se deshace del arma y busca con la mirada al compinche que les espera en un coche. Detrás suyo salen los clientes del bar y van a por él. El compinche se las pira sin esperarle y Valdes intenta huir corriendo. Le persiguen. Se gira dos veces y dispara con otra pistola. A la tercera se le encasquilla y los perseguidores se abalanzan sobre él. Le dan una buena tunda y lo entregan a la Gendarmería.

Pierre Valdes trabaja para el hampa de la zona de Tarbes, a los que los gendarmes llaman los hermanos pequeños del GAL. Los hermanos mayores serían los mafiosos de Burdeos, menos chapuceros, y más caros, es de imaginar. El GAL acabó siendo una gran chapuza, sangrienta, eso sí.

Al día siguiente, 30 de marzo, hay manifestación de protesta en Baiona. Francisco Javier Galdeano, corresponsal de Egin en el País Vasco francés, la cubre. Galdeano, natural de Getxo, lleva tiempo instalado en San Juan de Luz. Es uno de los fundadores de Egin, director del área comercial, y la policía lleva tiempo acusándolo de ser el máximo responsable del entramado financiero de ETA. No hay muchas pruebas, pero va sumando detenciones y el resto de la prensa nunca ha tenido problemas en publicar la versión oficial del Estado en su camino a la docilidad más absoluta hacia los gabinetes de prensa. Así que se mudó al sur de Francia.

A las siete de la tarde, Galdeano, 40 años, sale de su casa, en el barrio de Urdazuri, para enviar al diario las fotos que ha tomado de la manifestación. Un coche rojo de detiene frente al portal y un tipo le dispara cuatro tiros con una escopeta de cartuchos de postas. Le da de lleno y Galdeano cae muerto en el acto. Con el tiempo se cambiaron las postas por los legajos y Grazón enterró el periódico, que siempre queda algo más civilizado que ir enterrando periodistas, aunque todo sea tapar bocas.

divendres, 27 de març de 2015

Javier Batarrita. 1961.


27 de marzo de 1961. Lunes Santo. Javier Batarrita Elexpuru, industrial de 33 años, representante de Lube, marca de motocicletas de Lutxana, conduce su Peugeot 403. Le acompañan dos compañeros de la empresa, el abogado José Antonio Martín Ballesteros y el jefe administrativo Fernando Larizgoitia. Faltan pocos minutos para las diez de la noche y están de regreso a Bilbao desde Gasteiz. Cuestiones de trabajo. Charlan animadamente. Batarrita es un tipo feliz, tiene un niño de 9 meses y como apasionado del ciclismo está como unas castañuelas ante la proximidad de la Vuelta a España. Ha organizado el final de etapa en Bilbao.

El vehículo enfila ya la cuesta de Miraflores, en Bolueta, donde la gasolinera, cuando aparece un guardia civil con metralleta y les da el alto. El guardia civil no está solo, inspectores del Cuerpo General de Policía, números de la Policía Armada y más agentes de la Benemérita están apostados con sus armas a punto. Por lo visto alguien les ha informado que el conductor del vehículo es Julen Madariaga, uno de los fundadores de ETA, organización que anda haciendo pintadas y reivindicaciones y aún no ha matado a nadie. Una información poco contrastada, Madariaga anda en Cambridge.

Javier Batarrita detiene el vehículo y sale de él asustado, pidiendo tranquilidad con una mano y preguntando qué está pasando. Lo que pasa es que los agentes del orden estatal disparan a mansalva. Javier Batarrita cae con 49 balas en el cuerpo, 9 en la cabeza. José Antonio Martín Ballesteros se debatirá unos días entra la vida y la muerte antes de quedar paralítico. Fernando Larizgoitia sobrevive agazapado y aterrorizado en los asientos de atrás. Los agentes se largan de allí sin perder la calma, convencidos de haber cazado a Julen Madariaga. Alguien les debe comunicar que han metido la pata, porque al rato vuelven a limpiar un poco el desaguisado, no vayan a quedar huellas. Serán los vecinos los que acaben llevando al muerto y los heridos al hospital.

La esposa de Javier Batarrita, María Antonia Gaztelu, está en la procesión del Borriquito, en la calle San Francisco, cuando una vecina le comunica que su marido está ingresado en el Hospital de Basurto, que ha pasado algo en la carretera.

El hospital está tomado por policías y nadie informa a María Antonia de lo que ha pasado, mareándola con vaguedades, hasta que alguien le suelta que está muerto por un disparo accidental en la nuca y que sintiéndolo mucho no va a poder ver el cadáver. María Antonia entre en crisis nerviosa y empieza a gritarles '¡asesinos!'. Acaba detenida en la comisaría de Indautxu.

El gobernador civil, Antonio Ibáñez Freire, emite nota oficial: 'Por error de vehículo, se ha escapado un disparo y hay que lamentar un muerto y un herido grave'. Ah, y promete una investigación a fondo. Ibáñez Freire, militar, voluntario en la División Azul, que luego será gobernador civil de Barcelona y culmina su carrera con el grado de capitán general, será nombrado ministro de Interior por Adolfo Suárez en 1979. Así que ya pueden imaginar la investigación.

En la esquela de la familia se obliga a poner que ha fallecido en un accidente y la noticia de la muerte aparece en una nota breve en la sección de deportes, por su vinculación con el ciclismo. El obispo de Bilbao, Pablo Gúrpide, envía una nota de condolencia a la viuda pidiéndole saber perdonar y resignación cristiana.

Al final habrá juicio contra los policías en la Audiencia de Bilbao. Todos absueltos. Los trasladan fuera de Bilbao, con aumento de sueldo y escala. La obediencia siempre se pagó bien. Al poco tiempo el sumario y toda la documentación del procedimiento desaparecen misteriosamente para siempre. Alguien obediente, seguro.

dilluns, 23 de març de 2015

Javier Pérez de Arenaza. 1984.


A falta de unas mínimas pruebas que pudieran incriminarle, el mayor delito de Javier Pérez de Arenaza, 33 años, casado, dos hijos, era ser el cuñado de Domingo Iturbe Abasolo Txomin, con quien había convivido una temporada. Nacido en Aretxabaleta y residente en Mondragón, militante de Herri Batasuna, había sido detenido en 1982 y puesto en libertad por la Audiencia Nacional por falta de pruebas que lo vincularan de alguna manera a ETA. Aún así empezaron a hacerle la vida imposible y decidió instalarse en el barrio de Chelits de Biarritz, al otro lado de la frontera, evitando problemas a su familia. En Biarritz no era una persona especialmente activa en los ambientes de los refugiados vascos.


El viernes 23 de marzo de 1984, Pérez de Arenaza salió de casa, cogió su Citroën Dyane y paró en la estación de servicio de San Martín, en Biarritz, en la carretera a San Juan de Luz, a poner gasolina. Una acción rutinaria. Estando dentro del coche para ir a pagar, un tipo montado en una Mobylette se detiene a dos metros del coche, saca una pistola y dispara cinco veces a través del parabrisas, dos balas en la cabeza y tres en el pecho. Pérez de Arenaza muere en el acto. El tipo de la Mobylette se marcha tranquilamente por la carretera, dirección San Juan de Luz. Esa misma noche, los GAL reivindican el asesinato de Pérez de Arenaza y Felipe González se fuma un puro. 

dimarts, 17 de març de 2015

Bombardeo de Barcelona. 1938.


El 16 de marzo, Benito Mussolini ordena bombardear Barcelona. Bombardear a saco. Más exactamente 'Iniciar desde esta noche acción violenta sobre Barcelona con martilleo espaciado en el tiempo'. Nada de objetivos militares o industriales. Bombardear a la población civil y destruir sus almas. Barcelona ya ha sufrido varios bombardeos, pero esta vez Mussolini quiere probar algo nuevo y el general Vicenzo Velardi, al frente de la Aviazione Legionaria con base en Mallorca, se apunta sin vacilar. El fascismo siempre ha considerado a los seres humanos ratas de laboratorio.

La idea consiste en efectuar numerosos bombardeos, en diversos puntos de la ciudad y diversificando los intervalos de las incursiones, sin una pauta horaria concreta, provocando el caos, la incertidumbre y el pánico. El primer bombardeo será a las 22.08 horas del 16 de marzo. El 17 de marzo los Savoia Marchetti dejarán su carga a las 00.05, 01.36, 07.36, 10.26, 13.38 y 22.18 horas. Ese día, en el bombardeo entre las 13.38 y 14 horas, una bomba revienta un camión cargado de explosivos en Gran Vía y provoca una matanza en el centro ciudad. El 18 de marzo las bombas empiezan a caer a las 01.14 horas de la madrugada y volverán a hacerlo a las 04.03, 07.00, 09.30, 13.11 y 15.00 horas.

Han sido 40 horas de bombardeos ininterrumpidos que han barrido edificios, escuelas y mercados, con una población en alarma permanente, sin dormir, con las sirenas solapándose unas a otras, sin saber si anuncian el inicio o el fin de los ataques. Han sido 13 ataques y 40 horas con un rastro de más de un millar de muertos y más de 3.000 heridos, prácticamente la mitad de las víctimas de los 194 bombardeos que sufrió Barcelona durante toda la guerra. La aviación italiana se despidió de Barcelona en enero de 1939, ya la ciudad a punto de caer, en vuelo rasante por passeig de Sant Joan ametrallando a niños y gente mayor, tal como hacía el artillero de helicóptero en La chaqueta metálica. Sí, la guerra es muy puta y los fascistas están en su salsa.

En Barcelona mirabas al cielo y no veías a Dios, así que el Papa de Roma le pide al general Franco que se modere. El embajador de los Estados Unidos, Claude G. Bowers,  escribe: 'Las bombas se lanzaban deliberadamente sobre el centro de la ciudad, la zona más concurrida y habitada, mientras la gente estaba comiendo, paseando, descansando en sus camas. Cuando cesaron los ataques, 900 hombres, mujeres y niños estaban destrozados y convertidos en cadáveres y en muchos casos habían volado hechos pedazos'. Washington debe tomar buena nota, porque siete años después, el 18 de marzo de 1945, en un ataque con más de 1.300 aparatos, la fuerza aérea estadounidense descarga 3.000 toneladas de bombas sobre Berlín a pocas semanas de la capitulación alemana.

La idea de Mussolini es aplicar el modelo de bombardeo durante unos quince días sobre las principales ciudades aún republicanas y así ganar la guerra. La guerra celere le llama, versión italiana de la blitzkrieg que no tardarán en poner en práctica por Europa las tropas alemanas. Pero el general Franco, ese entusiasta de la muerte, tan leal compañera, teme reacciones internacionales molestas y siempre ha sido más partidario de la agonía lenta. Lo suyo es ocupar y hacer una limpieza sistemática de todo posible opositor, sembrando las cunetas de muertos y dejando el terror en barbecho.

Al parecer, el general Franco ordena a los italianos que no vuelvan a repetir el experimento. Hasta el final de la guerra se vuelve al formato clásico de bombardeo indiscriminado sobre población civil de una sola tacada, sin olvidar una de las grandes especialidades de la aviación italiana, el ametrallamiento mirando a la cara de la población en retirada. La guerra y el fascismo siempre se llevaron bien, comparten el mismo odio por la vida.

divendres, 13 de març de 2015

José Luis Aristizábal Lasa. 1977.

12 de marzo de 1977, manifestación pro amnistía en San Sebastián. Las cargas policiales y las carreras salen del Casco Viejo y desembocan en el paseo de la Concha. Los antidisturbios no ahorran en gastos. José Luis Aristizábal Lasa, 20 años, estudiante en la Escuela Superior de Técnica Empresarial de Gipuzkoa, detiene el automóvil en el que circula por el paseo. Lleva la ventanilla del vehículo abierta. A un agente de policía no debe gustarle su cara, porque dispara una bala de goma a corta distancia, hacia la ventanilla abierta, destrozándole el rostro.

José Luis Aristizábal ingresa de urgencias en el Hospital Provincial con una conmoción cerebral. El diagnóstico no es muy optimista: fractura del hueso frontal, del temporal y del esfenoides, y pérdida del ojo derecho. Los médicos hacen lo que pueden en quirófano y lo ingresan en la UVI. A medianoche, con serios problemas respiratorios, se le practica una traqueotomía y entra en coma. A mediodía del 13 de marzo, José Luis Aristizábal muere.

El funeral de Aristizábal Lasa se convierte en una manifestación de unas 10.000 personas que recorren las calles en silencio, con tres pancartas blancas con crespón negro, desfilando frente a la casa del joven asesinado, en la plaza de las Armerías. Comercios, empresas y entidades bancarias de Donostia cierran en señal de duelo.

Por supuesto, no habrá investigación alguna, lo normal durante el mandato de Rodolfo Martín Villa, uno de los próceres de los 70 años de paz, al frente del Ministerio de Gobernación, entre julio de 1976 y abril de 1979. Hay más muertos en la calle, a manos de fuerzas del Estado y grupos fascistas, en ese período que en varios años de dictadura. La Coordinadora Estatal de Apoyo a la Querella Argentina contra la impunidad de los crímenes del franquismo ha contabilizado 54 muertes, de las cuales, José Luis Aristizábal entre ellas, 22 se incluyen en el período de la investigación abierta por la juez María Servini, hasta el 15 de junio de 1977, primeras elecciones generales tras la dictadura del general Franco.

dimarts, 10 de març de 2015

Amador Rey y Daniel Niebla. 1972.


El 10 de marzo se celebra el Día de la Clase Obrera Gallega. Así lo decretó el Parlamento de Galicia en 2006, cuando PSG y BNG sumaban un diputado más que PP. El origen de la fecha se remonta a un no muy lejano 1972, en Ferrol.

En 1972, los obreros de los astilleros Bazán, con factoría en Ferrol, Cartagena y San Fernando, están negociando el convenio. En 1936, los obreros de los astilleros ferrolanos se opusieron con las armas en la mano al golpe de Estado fascista que sumió a Galicia en la oscuridad de la represión más atroz. En esos mismos astilleros, en 1972, los sindicalistas de las Comisiones Obreras han conseguido copar el Sindicato Vertical y quieren negociar un convenio al margen de Cartagena y San Fernando, en manos de los patronos. En primera instancia, la dirección ferrolana parece aceptar. Pero llegan órdenes desde arriba y se desdicen al día siguiente. El secretario general del Sindicato Vertical es un tal Rodolfo Martín Villa. La negativa a negociar un convenio propio viene acompañada de siete despidos para descabezar la negociación.

Conocidos los despidos de los vocales y la firma de un convenio interprovincial a la brava, el 9 de marzo los 6.000 empleados astilleros se concentran en la fábrica y realizan una asamblea para pedir la readmisión de los represaliados. La respuesta de dirección es declarar el cierre patronal y llamar a la policía, que tras rodear la fábrica entra con todo para desalojar a los trabajadores, que la enfrentan a pedradas y tornillazos. Los trabajadores, una marea de monos azules, sale a la calle, donde siguen las cargas, hasta que la policía emprende retirada y el cuartel de la Policía Armada acaba apedreado por grupos de trabajadores que realizan cortes de tráfico.

A primera hora del 10 de marzo, con Bazán cerrado, una columna de 4.000 personas sale de las puertas de la factoría con la idea de ir sumando la solidaridad de otras fábricas y llegar al centro ciudad. La marcha apedrea la sede del Sindicato Vertical y se ve detenida cuando se dirige a O Ponte das Pías por numerosos efectivos de la Policía Armada.

Esta vez las fuerzas de desorden público no se limitan a cargar con porras. Llevan metralletas y las utilizan, abriendo fuego real contra la multitud. Los trabajadores responderán de nuevo a pedradas y consiguen mandar a los policías de regreso a los cuarteles, pero el rastro que han dejado es sobrecogedor. Amador Rey Rodríguez, 38 años, casado y con dos hijos, militante de las Comisiones Obreras, yace muerto en el suelo. Daniel Niebla García, también 38 años, casado, miembro de CC.OO., muere al poco de llegar al hospital. Hay más de un centenar de heridos, muchos de bala, alguno muy graves, como el histórico dirigente obrero Julio Aneiros, habitual de los calabozos franquistas, herido por una balazo en el pecho, operado clandestinamente y aún convaleciente, detenido y procesado como instigador de los hechos.

Comercios y empresas de Ferrol mientras los cañones de los barcos de la Armada fondeados en el puerto, por si acaso, apuntan a la ciudad. Las mujeres de los obreros también saldrán a la calle a manifestarse y serán disueltas a porrazos y culatazos. En Riazor, en A Coruña, la gente abucheará a la policía y les lanzará almohadillas mientras les grita '¡Asesinos!'.

Pocos días después, cuando los ánimos se han calmado un poco, llegan las detenciones. Los principales líderes sindicales, Julio Aneiros, Rafael Pillado, Manuel Amor Deus, José María Riobó, acaban en la cárcel, repartidos por la geografía peninsular, práctica para nada novedosa.

En 2014, nuevamente en el Parlamento de Galicia, la diputada de Alternativa Galega de Esquerda, Consuelo Martínez, impulsa una proposición no de ley pidiendo la Medalla de Oro de Galicia a título póstumo para Amador Rey y Daniel Niebla. Esta vez es el PP quien tiene la mayoría y se opone a tal reconocimiento con dos grandes argumentos: "en la distinción póstuma a Castelao ya están representados todos los exiliados y represaliados" y las muertes de Rey y Niebla "son pasado". Un pasado oscuro, como el PP.

dijous, 5 de març de 2015

Juan Gabriel Rodrigo Knafo. 1976.


Los muertos de marzo del 76 en Vitoria no se quedaron sólo en Vitoria. Pedro María Martínez Ocio, Francisco Aznar Clemente y Romualdo Barroso Chaparro eran asesinados el mismo día 3. José Castillo moría el día 7 a consecuencia de las heridas recibidas y dos meses después moriría Bienvenido Pereda, también a causa de los disparos recibidos aquel 3 de marzo. Hubo un centenar de heridos graves, la mitad a causa de bala.

La masacre, por utilizar terminología de la propia policía implicada en la refriega, provocó indignación y solidaridad, y la represión extendió sus tentáculos sin miramientos. El 5 de marzo hay manifestación en Tarragona bajo el lema 'Vitoria, hermanos, nosotros no olvidamos'. Cientos de trabajadores de la refinería marchan elevando sus voces cuando irrumpen los antidisturbios disparando material a diestro y siniestro, sobre todo a siniestro, por la rambla de Tarragona. El recuerdo de Vitoria está muy presente y cunde el pánico. La gente huye a la carrera buscando dónde protegerse.

Juan Gabriel Rodrigo, un joven obrero de 20 años, intenta escapar con dos amigos más entrando en el portal número 7 de la calle Unió. En esa época, en muchas ocasiones, la gente abría los portales para que buscaran refugio los que huían de los grises. En mi pueblo, si había carga por el paseo Cordelles, podías colarte por el resquicio de un portal y sentarte a comer con la familia que te acogía. Así, si a la policía le daba por entrar, te presentaban como a un primo que andaba de visita. Lo normal es que la policía pasara de largo o desestimarán la opción de hacer una visita, que para eso ya tenían el horario de madrugada.

Ese día varios policías entran por el portal tras Juan Gabriel y lo persiguen hasta salir a la terraza del edificio. No se sabe qué pasó allí arriba. El cuerpo de Juan Gabriel cayó desde la azotea hasta la calle y allí murió. La policía intentó ocultar los hechos durante unas horas, hasta que fue de dominio público, así que fabricaron una versión a medida: el muchacho se había encaramado a la azotea para desde allí lanzar piedras a los agentes, con tal ímpetu que se había precipitado al vacío. Algunos dijeron que Juan Gabriel recibió un impacto de pelota de goma, perdiendo el equilibrio y cayendo. Sus compañeros sostienen que fue alcanzado por un disparo y arrojado a la calle. En todo caso no hubo investigación.

dilluns, 2 de març de 2015

Sucesos de Alcoi. 1821.


Allá a principios del 1819 la fabricación de paños en Alcoi da trabajo a 40.000 almas de la ciudad y comarca, muchas de ellas gente del campo que redondea sus ingresos cardando e hilando lana en sus casas. El negocio va bien, y los emprendedores del momento (así se les denomina en algunos documentos de la época) deciden traerse máquinas de cardar e hilar para producir más, bajar precios y competir en el mercado. La gente empieza a mosquearse. Hasta que el 2 de marzo de 1821, una multitud se acerca a Alcoi y destroza 17 máquinas que se encuentran en las afueras de la ciudad. La intención es, ya que estamos, entrar en Alcoi y seguir destrozando maquinaria, pero el alcalde les promete que ya lo hará él, que todo el mundo tranquilo.

La gente se tranquiliza, el alcalde desmonta algunas máquinas y ya de paso llama al Ejército, que manda un regimiento de caballería desde Játiva y uno de infantería desde Alicante, que se presentan el 6 de marzo para tranquilizar al alcalde. Hay tantas detenciones que en verano ya se están pidiendo permisos para ampliar la prisión para evitar más muertes por hacinamiento y se reclama un nuevo juez de primera instancia para agilizar expedientes.

Lo acontecido pasa como el primer acto de ludismo documentado en España, ese proceder importado de Gran Bretaña para protestar contra las máquinas que destruían empleo. Causó tanto revuelo que hasta se creó una comisión parlamentaria para informar de los hechos, estamos en el trienio liberal del cenutrio de Fernando VII. La mayoría de sus señorías acusan a los revoltosos de atentar contra la Constitución (qué fijación) y proponen en sus conclusiones castigos ejemplares a los jornaleros e indemnizaciones y protección militar a los propietarios. La misma mayoría que pasa por alto que por cada máquina hay un centenar largo de personas en el paro, el hambre y la miseria y un buen número de campesinos condenados a la mera subsistencia. El precio del progreso, será.

Desafección constitucional a parte, se acusa a los jornaleros de ser enemigos del progreso y la industrialización del país, no como los ingleses, que ahí van cada mañana silbando a trabajar a sus fábricas prisión, regimientos de esclavos asalariados.

A diferencia del ludismo británico, que tiene más de happening, lo de Alcoi es una revuelta de clase en toda regla, de una clase que empieza a intuirse y descubre que igual juntos se llega más lejos. No son palurdos analfabetos semisalvajes, como a veces se les pinta, anclados en el pasado; son gente humilde que quizás atisban un futuro que no ven claro y que acabará arrasando el campo y confinando el tiempo en los relojes.

Quizás son gente que sólo intuye, de ahí su desesperación, que las máquinas no les quitarán el trabajo, sino que les convertirá a ellos en producto de usar y tirar, cada vez más barato. ¿Para qué el tiempo libre y el progreso si careces de un cuerpo para su disfrute? Y les están robando el ser, lo empaquetan al vacío. Igual, sin saberlo, no se están oponiendo al progreso, sino a una imposición del Estado de nuevas normas, constitucionales, eso sí, de degradación y sometimiento. Nuevas reglas que a día de hoy se acaban pasando al Estado por la piedra. La era de las manufacturas centralizadas en Alcoi se inició con la instalación de la real fábrica de paños, obligando de facto a los lugareños a meterse a proletario o a destripaterrones.

Pero bueno, que igual todo fue casualidad. Como que 23 de julio de 1823, 500 hombres armados se acercaran de nuevo a Alcoi a por máquinas, obligados a recular por la intervención del Ejército acuartelado desde el año anterior. Como que en 1825 hubiera concentraciones de jornaleros que decidieron a las autoridades a establecer una fuerza militar permanente en Alcoi. Como que en 1844 hubiera otra revuelta ante el creciente paro. Como que en julio de 1873 haya una revuelta libertaria, la Revolta del Petroli, en un Alcoi plenamente industrializado y con una mortalidad infantil del 42% antes de llegar a los cinco años de edad. Toma progreso.